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Genaro Robles Barrera nació en Capulhuac de Mirafuentes, Estado de México el 10 de julio de 1901. En 1922 adoptó el seudónimo de Josué Mirlo que identifica toda su obra. En ese tiempo -sus años como estudiante preparatoriano y en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México- formó parte de la Liga de Escritores Revolucionarios; del Ateneo José Enrique Rodó y del grupo literario El Pentágono, fue delegado del Congreso Latinoamericano de Estudiantes celebrado en Guatemala, asistió al Café de Nadie donde se reunían los poetas del Grupo Estridentista.

En 1923 ganó el primer lugar en los Juegos Florales convocados por el Consejo Cultural de la Ciudad de México, con el poema “Canto a la Primavera”. En 1929 fue llamado al Instituto Científico y Literario del Estado de México para formarparte de su cuerpo docente. En 1946 abandonó el servicio rural del magisterio y se trasladó a la Ciudad de México para impartir clases de castellano y literatura en escuelas de enseñanza media.

Obras publicadas

 El poeta Josué Mirlo, inició sus publicaciones en la segunda década del siglo XX, si bien es cierto que para entonces hacerlo representaba un reto para los poetas y escritores, sobre todo para aquellos que no gozaban del privilegio de pertenecer a las élites literarias, su obra recibió el apoyo de amigos, instituciones educativas y posteriormente de dependencias del gobierno del Estado de México.

La obra literaria hasta ahora publicada, ha recibido muy buenos y excelentes calificativos de la crítica, principalmente de expertos y literatos. Sus primeras publicaciones muchas veces se hicieron en periódicos y revistas que era la forma más común en aquellos primeros años del siglo XX. Parte de su producción inédita desapareció.

A la memoria del extinto Poeta Amado Nervo.
Publicado por el periodico Amado Nervo. Toluca, Méx. 1919

Manchego Americano.
Poema dedicado al Maestro Justo Sierra Méndez 1924

Canto a la Primavera
Primer lugar de los Juegos Florales de Primavera de la Ciudad de México. 1923.
Competencia en que participaron los poetas más reconocidos de ese momento.

Patio de pasantes.
Escuela Nacional Preparatoria. México, D.F. 1925

Manicomio de paisajes.
Dirección General de Prensa y Publicidad. México D.F. 1932

Cuarteto emocional.
Instituto Científico y Literario. Toluca, Méx. 1932

Resumen.
Presidencia de la República. México. 1940. Sobretiro, El Estudiante.
Órgano oficial del alumnado. ICLA, Toluca, Méx. 1940

La Caballona.
 Cuento. Cuadernos del Estado de México. Toluca, Méx. 1956

Baratijas.
Cuadernos del Estado de México. Toluca, Méx. 1956

Poemas.
Obras completas. Romero Castañeda, David. Compilador. SHCP, México. 1964

Mensaje Lírico
(A la juventud del Estado de México) Capulhuac, Méx. 1966

Obras en prosa.
Gobierno del Estado de México. Toluca, Méx. 1968

Era un pájaro orfebre.
Valero Becerra, Francisco. Compilador. Universidad Autónoma del Estado de México.
Toluca, Méx. 1988

Josué Mirlo. El poeta campesino.
En Cartas sin destino. Díaz de la Vega, Clemente. Toluca, Méx. 1998

Josué Mirlo, Capulhuac rincón de la palabra.
Idem. Instituto Mexiquense de Cultura. G.E.M. Toluca, Méx. 2001

Convivio con Josué Mirlo.
García Reyes, Luis Antonio. Compilador. Centro Toluqueño de Escritores. Toluca, Méx. 2001

Castálida.
Revista del IMC. (C Aniversario del Natalicio del poeta) Toluca, Méx. 2001

Tradición y transgresión. 
A
proximaciones a la poética de Josué Mirlo. González Treviño, Eridania.
Compiladora. Norte-Sur, Toluca, Méx., 2011

Grito de Sol.
Salvador Ale, Pedro. Compilador. Club Rotario de Toluca. Toluca, Méx. 2012

Josué Mirlo. Obra selecta.
Robles Mejía, María Salomé de Jesús Rosamar. Compiladora. Fondo Editorial.
CEAPE. G.E.M. Toluca, Méx. 2014

EDICIONES CRÍTICAS Y ANALISIS DE LA OBRA LITERARIA DE JOSUÉ MIRLO
Museo de esperpentos y ensayos en prosa bárbara.
Josué Mirlo. Cisneros de la Cruz, Andrés. Compilador, Selección poética
y curaduría analítica. Verso Destierro. México, D.F. 2015.

Fragmento del  Proemio   de la publicación Museo de esperpentos y ensayos en prosa
por Andrés Cisneros de la Cruz.
( Presentado en el palacio de Minería de la
Ciudad de México en 2015)

Josué Mirlo nace trece años después que Ramón López Velarde y fallece en 1968 igual que Pablo de Rokha. Paralelo a la Revolución y al margen del triunfo de las instituciones, da por resultado el estilo de un poeta desterrado del panorama de la poesía, nutrida por las vanguardias francesas e inglesas, que asumieron bien los universitarios, siempre tratando de matizar el origen campesino y provinciano de sus lugares natales. (Aunque Carlos Pellicer trata de reivindicarlo con su enfoque arqueológico). Sin embrago, en la poética de Mirlo hay vislumbres de una veta humanamente fundida al hombre contemporáneo, en busca de lo trascendente, en lo fugaz, y que se sacude las hojas secas para reverdecer en el poema. Mientras que los universitarios del grupo no grupo de Contemporáneos buscó la trascendencia en los clásicos, Mirlo la encontró en la vida, en las reflexiones directas de observar los fenómenos del mundo, y después, en sus años últimos, imaginándolos desde el doloroso Delfos de la ceguera. Igual que Borges Nuño.

Más distante de la política de “construcción nacionalista”, Mirlo representa una especie de distopía natural, una estancia bucólica de femenino panteísta. Un paraíso infernal en donde toda la belleza se vuelve también un espacio de estadía forzada; para Mirlo ser en el mundo y estar en la vida es un proceso sin fin, que delimita la condición históricamente carnal del pensamiento constreñido a la época y el contexto, y que al poeta termina asumiendo como su propia contradicción nata, y al mismo tiempo representa su pelea-crítica contra el “propio “origen. Mirlo encarna esta guerra de un modo lúdico, satírico, y seguramente, encubierto en temas cotidianos, para poder golpear con disimulo la conciencia de sus vecinos, amigos y demás comarqueses.

Detector de baratijas, el poeta disfrazado de paciente, hace de las joyas feas del día, los frutos del árbol gigante de la locura. Cruza pasadizos, construye vitrinas, mientras la nube tarántula llueve sea y el circo muestra sus monigotes, esperpentos que se desprenden del espejo cóncavo de Valle Inclán, y las estrellas, pelusa de luz, son el árbol del cosmos; tierra a la que vuelve el desquiciado de la puerta abierta. Por supuesto, más moderno que Velarde (en su idea estructural del libro): trece años son un lapso suficiente para engendrar un abismo – una generación – . Pero ¿Por qué no es considerado entonces un aportador de “formas novedosas” ?, ¿Por qué no ha sido llamado al vórtice que divide la poesía clásica de la poesía moderna?

Tal vez porque distante de la poesía que en el México del siglo XX fue leída con el cuentahílos del preciosismo floreciente de Europa, para un poeta “rezagado”, el ser fue un proceso de particular descubrimiento; porque fue también testigo directo de las otras cosas. Constructor de su propia fenomenología. Por ello, los subterráneos ríos de la poesía mexicana ahora se descubren como grutas en donde la riqueza poética comienza a brotar de su estadio, y la boca líquida de un cenote es la lengua de agua que demuestra que hay un rico mundo fuera de la ciudad, aparente centro de las percepciones. Porque Mirlo se haya entre la añoranza de no haber estado ahí como apunta en su Autorretrato: “El destino, más fuerte que yo, me hace sonámbulo y vago como un perro famélico y sin dueño, que husmea por las aceras el rastro de un cariño que se perdió por la urbe”, y su inquietud, por el otro lado, de construir un corpus, al modo imaginativo de Julio Verne, desde la biblioteca, en este caso, del paisaje, y admirar el horizonte que aletea para encapsular su sombra huérfana.

Misterio es la poesía, sobre todo cuando nos habla de una realidad que delante de nuestros ojos está, y sin embargo, era invisible antes de que nos fuera develada por el poema. Josué Mirlo es ese poeta que coloca la metáfora como un catalejo que nos hace ver la vida de los objetos que se funden con el fondo.

Mirlo es de esos poetas raros de los que Rubén Darío habló; pero antípoda: “Yo soy una torre de Estación inalámbrica”, dice el poeta en Mensaje, y aparece más cercano de la telepatía lingüística del internet, que del pararrayos celeste.

Porque hace falta estudiar el “poeticismo” de Mirlo. La hechura de sus metáforas, su sentido. Hace falta investigar qué camino une su estilo con Ramón Martínez Ocaranza, porque no sólo los han confundido por su parecido porte, sino porque hay momentos versales de tal sincronía.

Hace falta que los lectores conozcan a ese poeta novio de la muerte, sombrío, poeta viudo (literalmente hablando), más que Nerval, vivido enlutado, sin sumergirse en el pozo de un “sol de la melancolía” ; prosa bárbara que ensaya “la danza de péndulos ahorcados en la sombra”, “viento lúgubre con las alas de murciélago”, “pájaro fantasmal” con sus “antenas de plata”, para unirse al “árbol del mar”. Porque Mirlo logro –de otro modo – romper el síndrome de Sisifo y fue “un camino con figura de hombre” y ante “ante el pavor de estar soñando inmóvil en la cumbre, una angustia se le abrió como una rosa enorme… y la Esfinge que llevaba: dio señales de hablar”. Lectura de Huidobro creacionista que ramifica también en su poema El paranoico donde confiesa su esperanza de llegar a ser dios, pero narcisista destructivo, apunta más alto que Huidobro, porque no se “” sentirá (verbo que ocupa con ironía) cualquier deidad; sino “como un nuevo Quijote, hará de Sancho Panza al viejo Dios mediocre”. Adiós creacionismo. Florece la rosa para comerse al poeta y dar a luz una nueva flor.

Tal vez por eso también sea un poeta que ha sido relegado de la lectura general de la poesía central mexicana, porque representa un paradigma: el de trascender la antigua divinidad y el halo soberbio de Occidente de ya todo está dicho bajo el sol. Premisa que Josué Mirlo anula, porque cada paisaje que mira con sus poemas es distinto y se haya también bajo una distinta estrella.

 Por supuesto que Mirlo es un poeta moderno, postcontemporáneo si se quiere – si acentuamos su marginalidad y fijación en el instante -, pero sobre todo que ya ejercía una crítica con la mira apuntando hacia esta modernidad tardía y decadente que se vive a principios del siglo XXI: “Ese monstruo, que los siglos llaman enfáticamente: humanidad”, la define, y “que ha hecho del planeta su guarida, donde te reverencia y se sahúma con las emanaciones corrompidas de su estercolero en podredumbre”. Versos que ahora catalogarían de eco-poesía.

Josué Mirlo es un poeta actual, por eso importa leerlo; porque su poesía se vuelve necesaria como antídoto en el ruedo espectacular del engaño social. Y sobre todo, estar aquí, es también voluntad de acudir intrigado a la función, a la cita, al manicomio, de uno de esos pocos poetas que dan el madrazo en el estómago “con sus versos, como exigía Max Rojas a la poesía. Acercarse a Mirlo, es arribar a una poética de mirada honda, pues ya tenía en mente formar “el primer hombre psíquico de una nueva y radiante humanidad, ya con el pensamiento liberado, feliz de arder, sin apagarse nunca”.

Un poeta de entrevanguardias

Ubicar la estética de Mirlo en el contexto mexicano, nos obliga a pensar en un sitio que se desarrolla fuera del curso general de la historia nacional, pero que se coloca también – al estar fuera – como observador menos contaminado de la politiquería nacional, que desarrolla los postulados y premisas de vanguardia, así como los estatutos estéticos y que en Mirlo se vuelven ejercicios naturales. Con esta acotación, podemos decir que Josué Mirlo es un poeta de entrevanguardia; que atraviesa el estridentismo, y simpatiza con su perfil lúdico y carácter popular, sin embargo, no se une a él, ni ejerce el estridentismo en su obra, pese a la notable influencia. De igual modo, coincide con el agorismo, que “no era nueva teoría del arte, sino una posición definitiva y viril de la actividad artística frente a la vida. El arte debía tener objetivos profundamente humanos” (Diccionario de literatura mexicana. Siglo XX UNAM, 2014), y ahí, Mirlo encuentra un vínculo, por el valor humano, tan fundamental para él: humanismo que deriva también de un para-modernismo, que contrario al agorismo, termina por establecer su derrotero en  la metáfora. Al pasar por este grupo, Mirlo nutre su perspectiva, pero siempre desde el ejercicio de una poética propia. No es raro que también termine por encontrarse en la obra de Mirlo una gran similitud con la obra de los poetas poeticitas, que se manifiestan como tales hasta 1953. Es decir, la estética de Mirlo se consolida por parte propia con los elementos sociales y culturales de su época, pero desde una episteme histórica diferente, lo cual nos otorga también otro fenómeno que, desde el cual los estudiosos de la poesía mexicana – que desarrollo en el siglo XX – podrán abordar el fenómeno de este peculiar poeta.

Su condición trágica lo vuelve también un poeta de un lirismo desbordante, sin caer en los clichés de la poesía realizada a mediados del siglo pasado, y lo coloca al margen de lo arcaico, pero así mismo al margen de las modas, lo que conforma un problema que atañe también a la lingüística, por la peculiar forma de vehículos del mensaje, y sobre todo la formación del habla a partir de la partitura poética y viceversa. Seria curioso consultar ciertas fuentes biográficas para entender como sonaba la poesía mírlense, de cómo su eco resonaba en los cuartos, celdas, vitrinas que se edificaban dentro de sus libros; y cómo cada poema se vuelve un interlocutor en esos espacios, como si fuese un ser vivo que habita entre las cuatro paredes de la hoja, y que representa un análisis (u óptica) de alguna situación o circunstancia.

El simple enfoque de la distribución visual del libro ya nos da pistas de que leer desde el ojo modernista sería equivocado; de igual modo que del estridentista, agorista o poeticista

. Mirlo como buen poeta de entrevanguardia se deslinda de su entorno y cincela un propio ángulo para mirar los especímenes a su cuidado; otro vértice para su estudio: hallar el enfoque preciso con el que lanza su discurso al poeta; y del mismo modo, cómo se va delimitando éste. Uno de los motivos de esta selección poética y crítica, es generar un panorama lo suficientemente rico como para entender la amplitud característica por la que Mirlo puede ser un poeta para el escrutinio de los investigadores.